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El psicoanálisis echó raíces en Argentina

Viernes 24, agosto 2012 | 8:34 pm

La gente pasa frente a un cartel que anuncia una obra teatral sobre Freud, en Buenos Aires. /NYTNS

La cantidad de psicólogos que ejercen en Argentina aumentó a 196 por cada 100,000 habitantes el año pasado, en comparación con 145 por cada 100,000 personas en 2008.

BUENOS AIRES, Argentina.– El café, justo al norte de un arbolado distrito apodado cariñosamente Villa Freud, estaba casi vacío. Roberto Álvarez bebía su expreso, fruncía el ceño y empezaba a palomear los nombres de psicólogos a los que había consultado en la última década. Dejó de contar sólo cuando notó que se le acababan los dedos de las manos.

“Déjame decirte algo sobre nosotros, los argentinos”, dijo Álvarez, un trabajador de la construcción, de 51 años de edad, después de una disgresión sobre Jacques Lacan, el legendario psicoanalista francés, quien en ocasiones realizó sesiones con pacientes en taxis. “Cuando se trata de escoger a un psicólogo, somos como mujeres buscando el perfume perfecto. Probamos un poco de esto y un poco de aquello antes de finalmente llegar a la elección adecuada”.

En efecto, es frecuente que los argentinos logren sonreír cuando oyen decir que el psicoanálisis ha estado disminuyendo en Estados Unidos y otros países, frente a tratamientos rivales que ofrecen lapsos más cortos y con frecuencia resultados más baratos que los años invertidos en sesiones de introspección.

Muchos argentinos parecen saber precisamente lo que quieren (al menos, en un área de la vida): psicoanálisis, y muchas sesiones.

La cantidad de psicólogos que ejercen en Argentina aumentó a 196 por cada 100,000 habitantes el año pasado, según un estudio de Modesto Alonso, un psicólogo e investigador, en comparación con 145 por cada 100,000 personas en 2008.

En Estados Unidos, son cerca de 27 psicólogos por cada 100,000 habitantes, según la Asociación Estadounidense de Psicología.

Esas cifras hacen de Argentina –un país que aún le da vueltas a su decadencia económica de hace un siglo– un líder mundial, al menos cuando se trata de la voluntad generalizada de la gente para abrir el corazón.

“Aquí, no hay ningún tabú que te impida decir que estás viendo a un profesional dos o tres veces por semana”, dijo Tiziana Fenochietto, de 29 años, una psiquiatra que hace la residencia en el hospital para Emergencias Psiquiátricas Torcuato de Alvear, una institución pública. “Por el contrario”, dijo Fenochietto, quien ha estado en terapia los últimos ocho años, “es elegante”.

Uno no necesita preguntar demasiado en esta ciudad para darse una idea de la fuerte obsesión con las neurosis de diversos tipos. El nombre Villa Freud es un gesto no sólo al austríaco, padre fundador del psicoanálisis, sino también a la cantidad de psicólogos que ejercen su oficio en los edificios a lo largo de las elegantes calles alrededor de la Plaza Güemes, en el norte de Buenos Aires.

En un breve trayecto en taxi, en el distrito de los teatros, a lo largo de la avenida Corrientes, se forman filas cada noche donde las adaptaciones locales de dos obras de teatro de gran éxito se estrenaron una junto a la otra: “La última sesión de Freud”, que, aquí, es un debate imaginario entre Sigmund Freud y C.S. Lewis, y “Toc, Toc”, sobre el trastorno obsesivo compulsivo

Uno se puede meter en muchas librerías en esta ciudad, donde abundan los libros escritos por argentinos sobre las enfermedades psicológicas que plagan a las personas, así como sobre las curas. “Historia universal de la histeria” de Malele Penchansky y “Entre París y Buenos Aires. La invención del psicólogo” de Alejandro Dagfal, están entre lo que se ofrece. “Reparador de Sueños”, una nueva historieta argentina, ganadora de un premio, mezcla, incluso, al psicoanálisis en la historia de una ciudad distópica llamada Polenia. El psicoanálisis no es sólo para las clases adineradas de Argentina, ya que hay psicoanalistas en el sistema médico estatal que brindan sesiones gratuitas a los pacientes. Y, aunque algunos planes de atención médica privada no pagan el psicoanálisis, programas de seguros para algunos trabajadores sindicalizados cubren docenas de sesiones de terapia al año.

“Decimos no a la beneficencia, y sí a la igualdad de oportunidades”, dijo Adriana Abeles, la presidenta y fundadora de la Fundación Campos del Psicoanálisis, la cual realiza investigación, capacita a estudiantes de psicoanálisis y ofrece terapia. Cuando los pacientes no pueden pagar, pueden realizar trabajo voluntario a cambio de las sesiones, como reparar el mobiliario, cocinar o pintar paredes.

El creciente suministro de psicólogos en el país también significa que los consumidores tienen un poder de regateo considerable. Mientras que algunos de los analistas más importantes aquí cobran el equivalente a cientos de dólares por sesión, muchos trabajan con una escala móvil de conformidad con los ingresos de los pacientes, y brindan sesiones por muy poco, unos 15 dólares la hora.

A pesar del continuo auge del psicoanálisis, Argentina no es inmune a las tendencias mundiales en los tratamientos. Técnicas como la terapia cognitiva del comportamiento, con las que se ofrecen resultados a un plazo más corto, han ganado terreno en esta ciudad, ya que, en el caso de algunos planes de seguros médicos, no se aprueban los costos interminables de las terapias psicoanalíticas. Los tratamientos con fármacos también han hecho avances, y algunos terapeutas en Argentina han ampliado los ofrecimientos en línea, recurriendo a tecnologías como Skype, el servicio de videoconferencias a través de internet.

Sin embargo, Andrés Raskovsky, el presidente de la Asociación Psicoanalítica de Argentina, afirmó hace poco que el psicoanálisis tiene poco riesgo de extinción en Argentina ya que ver a un psicólogo dos veces por semana todavía se percibe como algo accesible para gran parte de la población.

Abundan las teorías sobre por qué parecen florecer aquí los complejos y la clase profesional que los trata.

Martín, el personaje principal de “Medianeras”, una comedia romántica de 2011, aclamada por la crítica, sobre la vida en los departamentitos en Buenos Aires, plantea esta teoría: “La apatía, la depresión, el suicidio, la neurosis, los ataques de pánico, la obesidad, el temor a las alturas, la tensión muscular, la inseguridad, la hipocondría, la conducta sedentaria; todo es culpa de los arquitectos y emprendedores de la construcción”. (Martín, claro, en una escena digna de Woody Allen, manifiesta padecer todos ellos, “excepto por el suicidio”, y en raras ocasiones sale de su edificio muy alto, como no sea para ir a la terapia.)

Otros buscan explicaciones en el pasado de Argentina, y no sólo por la tristeza engendrada por la gloria marchita de una nación que alguna vez fue más rica que muchas de Europa.

El país, dicen algunos, fue vulnerable a la melancolía durante mucho tiempo o, al menos, a aceptar compartir esos problemas con alguien que escucha con paciencia. Con su historia de inmigración, en gran parte europea, Argentina tiene una tradición de inspirarse en las tendencias intelectuales europeas, incluido el ascenso de la psicología freudiana hace un siglo.

Los inmigrantes españoles que buscaron oportunidades lejos del régimen fascista de Francisco Franco fueron cruciales para establecer al psicoanálisis en los 1940 como una profesión respetada en Argentina. Hoy día, algunos de los principales psicoanalistas en la ciudad son judíos, en su mayoría descendientes de europeos.

Otros han buscado vincular el atractivo que tiene el psicoanálisis con la música del país, como el tango, que sondea temas claramente oscuros. (Incluso, hay aquí algo llamado “psicotango”, que explora el uso del pensamiento psicoanalítico y el baile como herramienta para “la autotransformación”.)

Sin embargo, Mariano Ben Plotkin, el autor de “Freud en las pampas”, un libro sobre el surgimiento del psicoanálisis en Argentina, dijo que las razones son mucho más complejas.

“Seguro, tenemos el tango, pero los portugueses tienen el fado”, notó Plotkin, refiriéndose a la acongojada música de Portugal, un país con menos psicólogos per cápita.

En cambio, Plotkin, cuyos padres lo enviaron con un psicoanalista varias veces por semana cuando era niño, atribuye el ascenso del psicoanálisis en Argentina en parte a la recepción que tuvo en una clase media extensa y relativamente bien instruida en los 1960.

A pesar del surgimiento de tratamientos rivales, Plotkin dijo que sigue siendo optimista sobre lo que denominó la posición “hegemónica” del psicoanálisis en la comunidad psicológica de Argentina. Después de todo, el argentino común utiliza de buena gana términos psicológicos que en otros países serían del dominio de quienes cursan maestrías en psicología, y pueden hablar sin parar sobre las diferencias entre los métodos freudiano y junguiano.

El respeto por el psicoanálisis se extiende también a otras esferas. Aparece en diversas instituciones del estado: por ejemplo, cuando a los padres de niños en escuelas públicas se les pide que asistan a reuniones relativas a la conducta de sus hijos, en ocasiones, se sorprenden al enterarse de que primero deben platicar con un psicoanalista empleado por el sistema escolar.

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