Escepticismo, sueños y elecciones
Aunque muchos de los partidos y candidatos no me convencen, sigo creyendo en que vale la pena votar.
Me alegra mucho ver a los candidatos “empaparse” de pueblo. Visitar los mercados, las calles llenas de puestos de venta, las comunidades marginales, entregar peluches y flores, subirse en los buses del transporte colectivo para hacer promesas, hasta asistir a misas y cultos evangélicos.
Pero me entristece pensar que si resultan electos, la inmensa mayoría de los nuevos funcionarios jamás volverán a los mercados ni a las comunidades marginales y mucho menos se subirán en los buses desvencijados.
Hace unos días un buen amigo me preguntaba si había algún candidato que me entusiasmara. Me apresuré a decirle que ninguno. Me he vuelto más escéptico de lo que ya era y los diputados (de todos los partidos) se han encargado de profundizarme ese sentimiento.
No me convencen ni los partidos viejos ni los nuevos. No me convencen ni las extremas ni los que dicen estar al centro. No me convencen muchas de las caras viejas y tampoco me convencen muchas de las caras nuevas. Y mucho menos cuando están cargados de propuestas superficiales o actos de campaña que dan pena.
Que conste, soy un convencido que hay que votar, que la democracia nos da esa oportunidad valiosa para premiar o castigar a los candidatos de los partidos. Seguramente voy a votar por alguien (favorezco el voto por cara más que por bandera), pero aún no sé por quién. Tengo que pensarlo muchísimo. Quiero un país mejor para mis hijos, quiero un país más seguro y donde la prosperidad alcance para todos. Usted no deje de votar, por muy desilusionado que esté de la clase política, porque las elecciones son la única forma de soñar con mejorar la situación.








