La pasión política no es buena compañía
La semana pasada circulaba en las redes sociales una foto graciosísima: una foto del actor estadounidense de películas de acción Chuck Norris, con una ametralladora en cada mano y una aureola en la cabeza. Luego se leía: “en este hogar solo creemos en Chuck Norris, no aceptamos ninguna otra religión que se atreva a poner en duda el poder de la patada giratoria. Lárguense si no quieren probarla. ¡Viva el todopoderoso Chuck Norris, padre de la testosterona!”. Si a usted le causa risa mi descripción, tiene que ver la foto y se reirá todavía más.
En tiempos de campaña electoral, muchas personas están como ese cartelito. Creen más en su Chuck Norris con aureola y bandera política que en el mismo Dios. Pero hay que serenarse, poner los pies sobre la tierra y ver más allá de la propaganda y los discursos electoreros.
Como dicen las abuelitas: no se emocione con la política, si no trabaja, no come. Evidentemente, dependiendo de la situación personal de cada uno, la gente toma pasión a favor o en contra de alguna bandera política. Pero hay gente que le deja de hablar a sus amigos y familiares que piensan diferente, por una bandera política. Eso me parece inconcebible. Ningún político vale más que una amistad o un lazo familiar o afectivo.
En la vida real, en el día a día, no hay Chuck Norris que lo proteja ni los políticos tienen aureola. No se olvide de eso a la hora de intentarse apasionar por la política en estos días de campaña electoral. No se crea todo lo que le digan.














