Lo mejor de nosotros en medio de la desgracia
Tragedia como la de enero de 2001 suele ser la oportunidad para sacar lo mejor de nosotros en medio de la desgracia.
Nunca tuve tanto miedo como aquel terremoto del 13 de enero del 2001. Nunca había vivido antes un terremoto y la forma que la tierra se estremecía, era para salir corriendo, pero ¿hacia dónde? Estaba en mi casa, un sábado tranquilo, junto a mi esposa y mi pequeña hija. Nada podía hacer.
Luego de terminado aquel sismo, el deber llamaba y corrí a trabajar. El periodismo es una profesión sin horarios y poco a poco empecé a darme cuenta de la magnitud de la tragedia de Las Colinas, Los Chorros y Comasagua, después vendría lo demás.
Ver una fosa común en el cementerio de Santa Tecla me estremeció. El cadáver de una niña de la edad de mi hija, me conmocionó como para nunca olvidarme de su vestidito amarillo y su cuerpo inerte.
Pero de aquel momento hubo algo que me impresionó muchísimo: pudimos poner de lado nuestras divisiones políticas y personales y durante esos meses, los salvadoreños vimos hacia el futuro juntos. La clase política depuso su verborrea y se puso a la orden del Presidente de la República porque sabían que era el momento de la unidad, de la de verdad, no la de los lemas electorales.
El sentido de la solidaridad era espectacular, los vecinos que nunca se habían hablado, conversaban como familiares y estaban genuinamente preocupados unos por otros. Ese desastre sacó lo mejor de nosotros en el momento en que estábamos más golpeados.









