Prueba de fuego electoral
El país se prepara para una nueva experiencia en la que el foco de atención ya no es el partido político y su bandera electoral, sino la persona que éste ofrece como candidato
Desde 1841, El Salvador deja de ser un Estado federado centroamericano para convertirse en una nación independiente, regida por una Constitución nacional, incluyendo ideas políticas francesas y estadounidenses de moda en aquél momento, cuyo eje transversal era el régimen presidencialista y los derechos de participación política, activa y pasiva, de los ciudadanos, por medio de la democracia representativa, cuyo requisito sine qua non fue siempre, pertenecer a un partido político que respaldase al candidato.
El devenir de la historia nos ha llevado a extremos en los que los mismos ciudadanos inconformes han reivindicado sus derechos por medio de insurrecciones y golpes de Estado o se han “conformado” con el liderazgo y personalidad de algún caudillo, cuyo éxito o fracaso la historia juzgará. Han desfilado civiles, militares, hombres y mujeres, que han logrado la aprobación popular y otros que, han accedido al poder por fraudes electorales u otros medios.
Casi dos siglos después, con lecciones aprendidas y experiencias acumuladas, el país se prepara para una nueva experiencia en la que el foco de atención ya no es el partido político y su bandera electoral, sino la persona que éste ofrece como candidato, quien da cuentas —con el objeto de reelegirse— de lo que ha hecho en su gestión anterior o realiza ofrecimientos electorales, algunos de ellos utópicos, trillados y demagogos. La mayoría de los candidatos tienen el respaldo de un partido —pequeño o grande— que los acompaña y cuya meta es ganarse la voluntad del electorado para trabajar en equipo con el resto de colegas del mismo partido. Algunos luchan para aferrarse en el cargo público del cual han vivido por muchos años, acostumbrado a las comodidades que éste les ofrece: un buen salario, horarios adecuados, viajes, permisos con goce de sueldo o sin él, para trabajar en su campaña de reelección, etc., y otros, en cambio, pretenden llegar por primera vez, para sustituir a aquellos a los que el pueblo, bajo el estandarte de la democracia, les dirá adiós. Es una prueba de fuego en la que podremos realizar un verdadero ejercicio democrático —casi directo— donde no se elegirá, como siempre, una bandera política, sin saber con exactitud qué diputados nos representarán, sino que ahora estaremos seguros qué personas ejercerán el mandato imperativo, con la posibilidad de tener en la Asamblea Legislativa candidatos verdaderamente independientes, no disidentes de su partido originario que luego forman alianzas con otros para beneficio propio o de un pequeño grupo o que se cambian a otro partido que mejor les convenga a sus intereses personales, denominados tránsfugas. Aquellos elementos que siempre se han arropado en la bandera de su partido y han sido colocados en los primeros lugares en la lista del partido de las grandes ciudades para ser electos al igual que en los primeros lugares, casi en forma automática; ahora será distinto, tendrán que “ganarse el derecho” de representarnos.
El Salvador se pone al nivel de otras naciones y a la vanguardia de muchos países como España, en donde se sigue manteniendo la representación de un partido político. No importa si tenemos que utilizar una “sábana” con fotografías llenas de sonrisas hipócritas y fingidas, lo importante es que finalmente, podremos saber con exactitud quiénes pretenden representarnos por medio de las listas desbloqueadas y abiertas, cuya votación será, aún con bandera, pero en forma directa. Pero como hay aspectos novedosos, tales como el voto directo para la persona, lista desbloqueada, candidaturas independientes y aplicación del voto residencial en la mayor parte de los municipios, hay necesidad de llevar a cabo, lo más pronto posible, de una intensiva capacitación de educación electoral para emitir el voto.
El día 1 de mayo, día de la toma de posesión de los nuevos diputados, podremos darnos cuenta cuál será la voluntad del pueblo salvadoreño que ha madurado políticamente y si la millonaria inversión, con fondos públicos, para sufragar estas elecciones ha valido la pena o ha sido un fracaso, si se mantendrá un equilibrio entre dos partidos mayoritarios o habrá una mosaico de “representantes del pueblo” que regirán los destinos de la Asamblea Legislativa; si aquellos partidos “disidentes” sobrevivirán o se consolidarán y si el ejercicio de las candidaturas independientes ha sido un éxito o un fracaso.
Sólo nos queda reflexionar al emitir nuestro voto cuando estemos en la urna, haciendo previamente un balance de los aciertos y desaciertos de nuestros “padres de la patria”, si realmente éstos han trabajado o trabajarán para beneficio de la nación o de su partido y si sus decisiones serán las más adecuadas y en especial si no violentarán la Constitución al representar intereses partidistas en la Asamblea donde damos por sentado que una vez se toma posesión del cargo representan al pueblo entero y no están ligados por ningún mandato imperativo..














