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Simpatía por King Kong

Juan José Monsant Aristimuño /Exembajador venezolano en El Salvador
Viernes 3, mayo 2013 | 9:30 pm

Venezuela es una sociedad dividida, desconcertada, enfrentada, endeudada, que ha desmantelado  su parque industrial y debe importar la casi totalidad de los productos que integran la canasta básica alimentaria.

El teléfono sonó con insistencia esa noche del viernes, interrumpiendo el lanzamiento del venezolano Félix Doubront de los Boston Red Sox contra los Astros de Houston, que veía cómodamente instalado ante un viejo televisor de amplia pantalla a color, era Marcos para recordarme que el próximo día en la Feria del Libro se presentaba la novela de Ibsen Martínez y que no podíamos fallar, le respondí que tenía la intención de estar allí porque solo el título del libro era una invitación irrechazable: Simpatía por King Kong. Te traes a Julio que ahora no quiere ir sino a dar pésames, me dijo en tono de despedida.

Me salto el acto del sábado porque ameritaría por sí solo toda una reseña, donde la remembranza de Tin Tan, María Antonieta Pons, Dos tipos de cuidado y Dámaso Pérez Prado, el Rey del Mambo, no faltó. Baste decir que yo, igualmente, como el protagonista de la novela, mi solidaridad y simpatía en mi infancia cinéfila, estuvo al lado del original King Kong, y con los indios apaches. Dejé pasar el domingo y el lunes en la noche di inicio a la lectura de la novela, que por el tema y el tiempo despertaba mi curiosidad y cierta complicidad anticipada con la trama. Al llegar a la página 38, el autor, desprendido del tema central, narraba que quizás fue la excusa para conducirnos a la interioridad de su intención final, los actos de saqueo de 1989  conocidos como El caracazo, en donde uno de los analistas de lo sucedido, recuerda o inventa el autor, con aire adusto levantaba su dedo índice y repetía ante el entrevistador del canal televisivo: “Si no introducimos correctivos vendrá el estallido social”, y no señalaba las causas y correcciones. Ese pasaje me hizo acordar de aquella Caracas pre el “estallido” de algunas reuniones sociales, pocas por suerte, a las que asistí, donde al final del ágape terminaban los más íntimos, botella de etiqueta negra de por medio, sentados en el suelo, cantando bajo los acorde de alguna guitarra, composiciones de Silvio Rodríguez, para luego, en la mañana, salir enfundados en trajes de pura lana virgen y corbatas de seda a la caza de algún negocio lucrativo, eso sí, de intermediarios.

Lo anterior viene al caso porque a pocos años, un 4 de febrero, se produjo un estallido pero no social sino castrense; fue la asonada cargada de felonía dirigida por los militares que irrumpieron con sus tanques, aviones de combate y metralletas contra el orden constitucional. Fallaron esa vez y una segunda también; pero luego, por la vía electoral y bajo el paragua de ese orden constitucional que quisieron derrumbar, llegó al poder el ex teniente coronel Hugo Chavez Frías, y con él, su promesa de reivindicación social y el escondido programa de una sociedad comunista bajo conducción militar, y los auspicios y asesoría de los hermanos Castro desde Cuba, para no cometer los errores del pasado. Claro, ahora esa experiencia se vería reforzada por un inesperado maná con el olor y el color del petróleo.

Catorce años después Venezuela es una sociedad dividida, desconcertada, enfrentada, endeudada, que ha desmantelado su parque industrial y debe importar la casi totalidad de los productos que integran la canasta básica alimentaria; se cuentan  por centenas de miles los exiliados por razones políticas o económicas. Se sustituyó el principio de la separación e independencia de los poderes públicos por la concentración de decisión, que si antes recaía en el presidente fallecido, hoy se reparte entre el cuestionado en su legalidad de origen, Nicolás Maduro, la cúpula militar y el incuestionable  poder de decisión final de los hermanos Castro de Cuba.

En esa estrategia comunista de dominio total se encuentra el despliegue de la diplomacia petrolera. Es la intervención de los diferentes países de nuestro continente ya no con las armas, sino a través del dinero, abundante dinero que ALBA se encarga de repartir, comprar voluntades, neutralizar prejuicios y captar socios convenientes del camino. ¿Las armas?, eso vendrá después.

Fallecido el presidente Chavez, se impuso una nueva elección y el ungido Nicolás Maduro se presentó con el respaldo de todos los recursos y bienes del Estado, la disposición a su candidatura de siete televisoras  y 700 radioemisoras estatales, más dos privadas condicionadas para enfrentar la opción democrática, liderada por Henrique Capriles Radonsky. Y llegó el 14 de abril, se retarda el resultado de los escrutinios, hay nervios, carreras, caras largas, hasta que finalmente ¡hete aquí!, se produce el desplome del respaldo popular. Por apenas un 1.45% de los votos anuncian a Maduro ganándole a Capriles. Nadie lo cree, la oposición pide recuento y verificación, se acepta a duras penas, para días después negarlo. Maduro no da la talla, habla y se le va la gente, amenaza, imita a Chavez y nada, sus partidarios dudan; hay temor, miedo a las masas, y valor y decisión por el otro lado. Comienza la represión indiscriminada, hasta que finalmente el teniente Diosdado cabello, presidente de la Asamblea Nacional, se decide a dar el Golpe de Estado: prohíbe a la oposición hablar en cámara, los saca de las comisiones, amenaza con retenerles el salario, en tanto que se sigue derrumbando el índice de aceptación gubernamental, por lo que ordenan entrar directamente a la agresión física dentro del mismo reciento parlamentario.

Sin mediar palabra arremeten contra ellos a traición y sobre seguro, cierran las puertas, retiran los guardias, apagan las cámaras y se les van encima. Once diputados opositores lesionados; dos mujeres agredidas, María Corina Machado es arrastrada por el cabello, pateada en sus costillas y fracturada su nariz; Nora Bracho es golpeada directamente por un diputado del Psuv, su vecino de banca. Cabello sonríe desde la altura de la silla de su presidencia, mientras cae el telón definitivo de la falsa opereta de esos lúgubres 14 años, y se evidencia el silencio y complicidad de muchos países democráticos como Chile, Uruguay, Colombia y España. Francamente, mi simpatía sigue estando con King Kong.

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