¿Videovigilancia? ¿Y eso para qué sirve?
En 1994, un personaje que luego se volvió tristemente célebre por su apodo, apareció en un video asaltando una agencia bancaria. Al juez de la causa le pareció que el acusado no era el del vídeo y lo dejó en libertad. Por supuesto, hasta ahora suponemos que un fantasma fue el que asaltó el banco.
Recordaba la anécdota del banco el viernes cuando supe que otro juez decidió dejar en libertad a los protagonistas del relajo del Estadio Cuscatlán porque en los vídeos de la televisión, no se podía “individualizar” el vandalismo y las agresiones ocurridas.
Ese es el problema de nuestra justicia. En el país tenemos jueces y magistrados que no ven más allá de la punta de su nariz, aunque sea tan evidente… las exquisitices legales son tan escrupulosas que da vergüenza. Y Dios guarde que uno quiera criticarlos porque se creen más todopoderosos que el mismísimo Creador. Hasta hacen manifestaciones para protegerse entre ellos y hay supremos magistrados que los protegen.
¿Y entonces para qué sirve la videovigilancia? Bajo esa perspectiva, ni los esfuerzos que hace la Policía, ni los esfuerzos que hacen alcaldías como las de San Salvador y Santa Tecla o los enormes gastos que hacen las empresas privadas por seguridad, valen la pena. Cualquier hijo de vecina puede robar un banco, destrozar los vidrios de un bus, matar a un cristiano y siempre aparecerá por ahí, algún juez que cree que el personaje del vídeo no se parece al que tiene en el banquillo. ¿Será cuestión de lentes? ¿Todo depende del cristal con que se mire…?


